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¿Cuando maduramos en la responsabilidad fiscal?

Javier Claver Dirección, Emprendedores, General Leave a Comment

Voy a intentar transmitir una idea que creo debería hacer reflexionar a mucha gente que, digamos, no es del todo ejemplar en sus relaciones con la hacienda pública. ¡Ojalá me sepa explicar mejor por escrito! pues cuando he expuesto esta teoría en conversaciones de café o cañas no he tenido mucho éxito.

Lo primero situar de que hablamos. Pues ni más ni menos que de la lacra que tenemos en España (ya sé que también en otros países pero aquí desde luego podemos presumir de su buena salud) del fraude fiscal. Me ahorro el dar cifras y comentar todo lo que podría hacerse en educación, sanidad o cooperación al desarrollo con ese dinero que se deja de pagar, pero a modo de sentencia resumen decir que es más que suficiente como para soportar dos o tres crisis de las que hemos tenido en los últimos años.

madurezMi teoría no se va a centrar en las formas de fraude fiscal (evasión, dinero negro, artificios contables, …..) ni tampoco en la culpabilidad importante de los gobiernos por tener unas legislaciones que propician los paraísos fiscales, complican la gestión a las pymes, dan cobertura a las grandes multinacionales e, incluso, incitan al fraude (como puede interpretarse si no que, cuando una empresa da un presupuesto a un particular o le emite una factura, no esté obligada a hacerlo con el IVA incluido. ¿A cuento de que debe recaer en el cliente la responsabilidad de decirle al proveedor que lo quiere con iva? ¿acaso nos gusta tentar al diablo?). Pero volvamos al tema que quiero tratar, que no es otro que el de la responsabilidad individual de cada persona a la hora de cumplir sus obligaciones fiscales y de la curiosa paradoja de ver como en este asunto una importante mayoría de gente se niega a “MADURAR”.

El objetivo es luchar contra esa buena parte de la población que justifica y entiende cierto fraude fiscal sobre el argumento inapelable de a ver quién está libre de pecado para tirar la primera piedra. Esa sensación de que todos hemos hecho nuestros “chanchullitos” alguna que otra vez y no estoy en condiciones morales de recriminar nada al vecino.

Pues bien, coincido plenamente en que poca gente habrá impoluta en términos fiscales. Anticipo mi culpa antes de que ustedes revisen mi expediente y me saquen los colores. Pero permítanme introducir un pequeño factor, olvidado normalmente y, en mi opinión, de forma inexplicable: Como personas responsables que la mayoría somos, a lo largo de la vida vamos aprendiendo y madurando, evolucionamos de una inclinación a probar lo desconocido y/o prohibido hacia posiciones más estables y con mayor preocupación por nuestro entorno. ¿Por qué no maduramos así en nuestra visión de la fiscalidad y nuestra responsabilidad ante la misma?.

Si nos preguntaran por los dos asuntos rayanos a lo ilegal más comunes que “bordeamos” a lo largo de nuestra vida, seguramente estos sean la aproximación al mundo de las drogas y el alcohol (probar lo que no hay que probar, a edades inadecuadas, en los sitios prohibidos, etc) y los ya referidos “chanchullitos” fiscales. ¿La diferencia? Que en el primer caso la gran mayoría de personas maduramos, entendemos que pudo tener su razón de ser en épocas pasadas pero ahora estamos retirados del “vicio” o, al menos, lo dejamos para ocasiones muy especiales. ¿acaso alguien evita recriminar a un pobre cuarentón sus problemas de adicción, con el argumento de que como yo también algo probé con dieciocho quien soy para decirle nada?. En general pienso que hay bastante unanimidad en asumir que el ser permisivo durante una época con el lado “oscuro” del ocio, no impide que luego desaprobemos conductas similares de las mismas personas pero en momentos muy diferentes de la vida.
¿Qué pasa sin embargo con nuestra madurez ante las situaciones de delitos fiscales?, pues que no maduramos. Así, como se oye. Que hubo una época en que mis rollo billetescolaboraciones con una empresa las cobraba en negro, pues que le voy a decir yo a nadie si me entero que él lo hace ahora. Que una temporada tuve la suerte de cobrar algo en efectivo y, como no dejaba huella por ningún lado, opté por no declararlo, pues como voy a criticar al señor que ha tomado ese método por costumbre. Y así seguimos y seguimos justificando y no sintiéndonos autorizados para ejercer la crítica o, más aún, la denuncia.
A mi entender deberíamos enfrentarnos a la responsabilidad fiscal desde un enfoque evolutivo similar al ya comentado tema de los “vicios” sociales. Y, llegados a una situación (determinada en cada caso por una conjunción de edad y situación financiera particular) adoptar posturas mucho más acordes con nuestra posición y obligaciones ante la sociedad.

No se trata de crucificar al becario o al joven emprendedor de turno que pueda desviar algunos ingresos de los ojos de Hacienda (asumiendo por supuesto los riesgos inherentes a dicha actuación, ya que de otra forma no tendría sentido). Tampoco me escandaliza que una empleada de hogar a media jornada renuncie a sus derechos de estar dada de alta en la Seguridad Social si ello le impide cobrar el “paro” que pudiera haber ido acumulando en un trabajo anterior (este caso por ejemplo, le cuesta a la susodicha empleada cerca del 50% de sus ingresos mensuales. ¿Aceptaría yo perder el 50% de mis ingresos por ser “legal” con el estado?).

Pero ¿qué pasa cuando ya no soy el joven becario ni tengo la precariedad de la empleada a media jornada?. Ahora soy una persona, quizá con más años de los que quisiera, y  con una situación económica estable como para afrontar el mes a mes y el futuro con cierta tranquilidad (confío que así sea también en su caso). ¿No debería tener una visión clara de que la fiscalidad es cosa de todos y que cualquiera que comete fraude lo que hace es pervertir el sistema y perjudicar al conjunto de la sociedad?. Yo sinceramente creo que debería ser así y que cada día, mes o año, entendiéramos mejor que lo de pagar impuestos es una obligación y que, y esto es básico, si somos de los que más pagamos es porque tenemos el privilegio de ser más afortunados, en términos económicos, que el ciudadano medio, y que demuestra poca inteligencia el que cuestiona que es preferible tener “problemas” de ricos que “ventajas” de pobres.

Hoy día, si a la hora del café en la oficina me ofrecen unas “caladitas” de algún cigarrillo de la risa estoy cien por cien seguro que lo rechazaré y, además, recriminaré al autor de tal propuesta. Por eso espero tener las mismas agallas para que cuando el fontanero venga hoy a arreglarme el desagüe, decirle que la factura me la haga con iva, aunque me cueste esos 40 euritos de más que bien me podía haber ahorrado. Pero sobre todo cuando algún “igual” a mi me explique el método empleado para ahorrarse 6.000 eurazos en la declaración, vía un pequeño “retoque” en determinada factura, sepa transmitirle mi admiración por su listeza y mi preocupación por sus problemas de visión, pues me ve como un tío tan gilipollas que no tiene ningún reparo en restregarme su “chanchullito” el cual va a tener que ser financiado por pardillos como el que les escribe.

Y ahora me voy a “pecar” con algún vicio, que me he puesto muy tenso.

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